miércoles, 20 de marzo de 2019

Norberto Panonne/Marzo de 2019


LOS CONDENADOS

Acurrucados, temerosos, alertas. Todos estaban aguardando la macabra hora de su trágico final.
Ese rectángulo que los contenía era su última morada de vida, después, perderían uno a uno sus cabezas en una muerte fantástica, brillante, inexplicable.
Un hilo de luz se filtró por la abertura y, una vez más, uno de ellos fue arrancado de allí sin contemplaciones. Escucharon luego el forcejeo y el estampido y, temblando de furia y de miedo, comprendieron que otro de sus hermanos había muerto.
Era verdaderamente aterradora aquella incierta espera. Ninguno podría imaginar quién de ellos sería el próximo. La inminencia de la muerte exacerbaba el albur que cada uno correría.
Eran elegidos al azar, sin discriminar. El verdugo, ni siquiera se detenía a mirarlos, sabía muy bien que debían morir, tarde o temprano, inexorablemente, fatalmente.
La voz llegó hasta ellos y los sacudió con su fatídico sonido:
-¿Dónde dejaste los fósforos?
-Sobre la alacena. Respondió otra voz.
La gigante mano tomó a otro de ellos y con terrible saña le arrancó la cabeza al frotarlo sobre el costado de la caja que los contenía.
 

Del libro “Cuentos de barrio”

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